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viernes, 23 de mayo de 2008

capitulo II


CAPITULO II:

Fue puntual. Al llegar a la antesala apenas si tuvo que esperar; en seguida se abrió la puerta del despacho y apareció Marta mientras despedía a una chica joven que salía de su interior.

- ¡Hola, Álvaro¡ Me alegro de verte, pasa y siéntate; conoces bien este despacho.

- Gracias, Marta. Te agradezco que hayas encontrado un hueco hoy mismo, sé lo ocupada que estás.

- Sabes perfectamente que para ti siempre estoy disponible. Eres mi paciente, perdona por el término; pero ante todo te tengo gran cariño; incluso a veces dudo de que pueda ser una buena profesional contigo, dada la relación afectiva que ahora nos une.

- Tú siempre serás para mí la mejor profesional. Fuiste la única persona que logró transmitirme la paz y estabilidad que necesitaba, y sacarme a flote en aquellos momentos tan difíciles para mí.

Marta era una mujer que no perdía nunca la expresión de alegría en el rostro. Su pelo cano le confería una imagen de serenidad, y el tono suave y melodioso de sus palabras transmitían una quietud y seguridad que podía romper cualquier reticencia o desconfianza. Vestía de forma elegante pero sin pretensiones; la armonía de sus movimientos y la mirada siempre atenta a su interlocutor, sin gestos inútiles o esteriotipados, despejaba cualquier duda sobre su capacidad.

Como le había recordado Marta, conocía bien su despacho. Era un espacio que conjuntaba con la personalidad de su ocupante: ni demasiado grande ni demasiado reducido, sobrio pero acogedor, con una luminosidad que no dejaba sombras ocultas pero sin realzar ningún rincón concreto. Todo invitaba a olvidarse del entorno y al mismo tiempo nada sobraba ni nada se echaba en falta. Álvaro estaba convencido de que Marta no había dejado nada al azar ni al gusto de un experto decorador de la época.

Cuando se sentó frente a ella, separados por un espacio que no incitaba al distanciamiento ni a la familiaridad, volvió a ver su mirada, penetrante y al mismo tiempo dulce, y supo una vez más que casi sobraban las palabras; ella le conocía bien, probablemente era la única persona que sabía de sus inquietudes y miedos, de sus ánimos y desesperanzas; nada escapaba a su agudeza, de forma que cuando en alguna ocasión él había intentado ocultar algo o evitar un tema, ella se había dado cuenta y daba por terminada la sesión de ese día, no como reproche sino por respeto, segura de que en otra ocasión surgiría espontáneamente, sin presiones. Era una convencida de que el ser humano es consciente de sus posibilidades y limitaciones y que cada uno encuentra por sí mismo el camino a seguir, sólo necesita de alguien que le ayude a hacer frente a las circunstancias, a centrar las ideas despejando temores o apasionamientos.

- Marta, te he pedido hablar contigo porque nuevamente he comenzado a sentir dudas y ha reaparecido el sentimiento de culpabilidad y una inquietante sensación de soledad.

- Nunca creí que lo hubieras superado por completo, pero necesitabas tiempo para analizar y analizarte desde una perspectiva menos atormentada. Sé que sigues sintiéndote responsable de la muerte de Leonor. Ya hemos hablado muchas veces de ello, eres tú el que tiene que liberarse de esos sentimientos afrontando con sinceridad todas las posibilidades, pero debes evitar el compadecerte de ti mismo; ese es el remedio de los débiles y tú no lo eres.

- Sigo sin aceptar la causa de su muerte; sí, técnicamente está aclarada, pero sigo pensando que ella buscó su propia muerte, no fue un accidente.

- Suponiendo, y sólo como suposición, que ella hubiese podido decidir acabar con su vida en un momento en que se sentía sola y abandonada, aún cuando tú te culpes de no haberle prestado suficiente atención no es razón para que te sientas el responsable directo de su muerte. Ella podía haber buscado ayuda, empezando por ti.

- Si, tienes razón. Pero hay algo más. Creo que ella pensaba que no la amaba y buscó refugio sentimental en otro hombre.

- ¿En qué te basas?...

El día anterior Álvaro había acudido a la cafetería de la esquina de Bedfort. Como siempre, se había sentado en el rincón; mientras tomaba un café, notó que alguien le tocaba el hombro; al volverse vio a un antiguo compañero de trabajo, no recordaba su nombre, hacía años que no se veían. Se saludaron cordialmente y después de intercambiar frases de rutina, Sergio, ese era su nombre, bruscamente le preguntó si se encontraba ya mejor después del accidente. Álvaro le dijo que eso nunca se olvida pero que lo tenía ya asumido como parte ineluctable de la vida:

- Lo entiendo; fue lamentable. Recuerdo que la conocí unos días antes. Entré en un restaurante y la vi con vuestro amigo común, Esteban. Al acercarme me la presentó y me pareció una mujer muy hermosa pero con una expresión algo triste; se fue rápidamente, incluso me sorprendió la precipitación de su marcha, pues la comida estaba casi completa en su plato. Al preguntar a Esteban si le había incomodado mi presencia, me respondió que no me preocupara, lo que le ocurría es que estaba pasando un mal momento.

- Ah, sí, esos días estaba algo inquieta: los hijos, que a esa edad preocupan tanto.

Álvaro había mentido. Aunque después del suceso reconoció el distanciamiento que se había ido produciendo entre los dos, no era consciente de que Leonor hubiese estado especialmente triste en ese tiempo.

- Pero eso no significa que deseara la muerte; le dijo Marta.

- No, pero es un dato más que se añade a las oscuras circunstancias de su accidente. Además, ¿por qué Esteban no me dijo nunca nada?... ¿Qué sabía Esteban para realizar esa afirmación?

- Eso deberías preguntárselo a él, ¿No te parece?

- Sí, pero con la racha por la que está pasando temo una evasiva o una explicación demasiado sencilla, en cuyo caso insistirle en una respuesta más explícita podría llevarle a una postura de defensa y entonces ya nunca sabré si es la verdad o no. Ya me conoces, soy muy cauto y me gusta atar todos los cabos, dominar la conversación de forma que no haya posibilidad de resquicios.

- Tendrás que tomar una decisión, mientras no des el paso seguirás inmerso en tus fantasías que irás alimentando de forma peligrosa. Alguna vez tendrás que confiar en los demás. Corres el riesgo de llegar a una paranoia.

La conversación duró poco más; volvieron a hablar de aspectos de su personalidad que ya habían sido tratados con anterioridad en repetidas ocasiones. Finalmente, al despedirse, Marta le sugirió nuevamente que afrontara abiertamente los hechos. No le prescribió ningún medicamento, ni siquiera para ayudarle a conciliar el sueño. No debía buscar refugio en los fármacos, ese no era el modo de solucionar su problema.

Cuando salió del despacho de Marta la lluvia había arreciado nuevamente, había olvidado el paraguas en la sala de espera; decidió no volver, no quería molestar a Marta. Se refugió bajo la cornisa de un cine y esperó hasta poder encontrar un taxi. En el recorrido hacia su casa, su mirada seguía perdida, sólo veía imágenes que procedían de su mente, sin tiempo ni espacio concretos, desdibujadas por las luces intensas que le llegaban desde el exterior. Estaba más tranquilo, Marta siempre le producía ese efecto, pero sabía que tenía que seguir sus consejos y no demorarlo, como otras veces en que había confiado en el tiempo como el mejor aliado; el tiempo solo enquista y endurece lo externo, pero mantiene un incandescente magma de emociones ocultas, que tarde o temprano explotarán de forma intempestiva y descontrolada. Lo había aprendido por propia experiencia.

El día amaneció soleado. Era una de esas mañanas de primavera de luz blanca y aire calido. Quedó doblemente sorprendido. La semana había sido muy intensa. El trabajo cansa, pensó, pero las emociones agotan. Sin embargo, tras una semana dura y gris, el día se presentaba formidable y su estado de ánimo era mejor de lo esperado.

Los sábados, por tradición familiar, siempre llevaban aparejados un desayuno “mágico”. Así los llamaban cuando los niños eran pequeños y así seguían llamándolos aunque todo había cambiado. A Leonor y a él les gustaba madrugar; la jornada empezaba pronto y la empezaban juntos. Primero el café conyugal, el que tomaban los dos en la cafetería de la esquina donde compraban un cargamento de churros para todos. Era el momento de mayor intimidad. Volvían a encontrarse, a mirarse a los ojos, a decirse te quiero. Se contaban todo lo que había quedado “archivado” hasta el momento de ser contado. Era un tiempo deseado por ambos. Habían pasado los años pero seguían siendo amigos y cómplices. Leonor tenía el don de hacerle reír. Era vital y optimista. Transpiraba seguridad en sí misma y le sobraban energías y buen humor. Se turbó con estos recuerdos…qué pudo pasar, cómo pudo cambiar tanto, por qué no se dio cuenta…Álvaro suspiró y volvió su mente al pasado…y así estuvo un rato más, buceando en su vida y dejándose mecer por el sabor agridulce de los recuerdos.

Los niños ya no estaban y Leonor tampoco…

Se dio una ducha rápida y se puso ropa de deporte. El espejo del dormitorio le devolvió la imagen de un hombre fuerte y sonrió al observar que ya peinaba canas. Tomó un desayuno completo, se calzó los tenis y decidió salir a correr. La afición al footing le venía de lejos y había hecho de ello un divertimento y una válvula de escape.
Corrió una hora por el paseo marítimo que era su ruta preferida. Miraba el mar embelesado, extasiado, agradecido…Sus ojos, los ojos de Leonor ¡eran tan azules! …El dolor atenazó su corazón y de sus labios salió una pregunta que más que pregunta parecía un lamento: ¿por qué?
Regresó a casa a tiempo de oír el teléfono. Corrió a abrir la puerta pero cuando llegó, la llamada ya se había cortado. Muy bien, seas quien seas, volverás a llamar, pensó.

Estaba en la ducha y volvió a sonar ¡Siempre tan inoportuno!

- ¿Diga?
- ¡hola papá!
- ¡Jaime! ¡Qué alegría! ¿Desde dónde llamas?
- Estoy entre clase y clase, ya sabes que aquí nos exprimen al máximo.
- Venga, no te quejes, el master es ahora lo más importante para ti, te abrirá puertas
- Si, lo se, lo se, pero… ¡un sábado! Bueno ¿cómo estás?
- Estoy bien hijo, gracias por llamarme; anda, vuelve a clase, ya hablaremos más despacio a tu vuelta
- Apenas quince días y no podrás librarte de mí
- Eso espero Jaime, te echo de menos. Un beso hijo.
- Adiós papá.
Colgó el teléfono y sonrió para sí. ¡Este chico!.. Leonor, ¡se parece tanto a ti…!

4 comentarios:

Anónimo dijo...

esto va que arde,¿acaso no se habla de bolcan?,¿explotará?.Ánimo chicos que nos teneis a más de uno muy pendientes.

Paco-Luisa dijo...

Por favor, anónimo, identificate:¿eres el del Mirlo?

Anónimo dijo...

sois los mejores¡¡¡viva españa!!!
elo

Anónimo dijo...

No somos el mismo anónimo y el mirlo sigue sin salir