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martes, 20 de mayo de 2008

capitulo I

Acababa de despertar. Tenía la sensación de no haber dormido bien, con una mezcla de recuerdos de sueños y realidades que no podía discernir entre ellos. Le había pasado otras veces, pero en los últimos meses ya había logrado conciliar el sueño sin dificultad. Pero en esta ocasión el cuerpo estaba más cansado y le costaba un esfuerzo mayor el iniciar las tareas que casi de forma automática realizaba todos los días al levantarse. Una aglomeración de ideas inconexas y desánimo le había provocado el tener que corregir actos que hasta entonces los hacía sin pensar. Otra vez vuelta a atrás. No podía entender la razón o bien no quería admitir que esa razón fuese la inquietud que le produjeron los sucesos del día anterior; no podía ser ese el motivo, era un motivo absurdo por lo reiterativo y que había superado hacía tiempo. Quizá es que la mente y el cuerpo no pueden mantenerse en equilibrio continuo, como si fuese un atentado a la naturaleza humana el poder lograr una estabilidad que permita disfrutar cada momento con intensidad. Bueno, ya veremos, pensó.

Tras una taza de café cargado recuperó algo de energía y al salir a la calle se dio cuenta que estaba lloviendo, no era una lluvia enérgica, ni siquiera lograba notarla en el cuerpo a pesar de haber andado durante casi veinte minutos, que era el tiempo que le separaba del metro. En el laberinto subterráneo, con luces, ruidos e imágenes que casi podía repetir con sus sentidos sin vivirlos, un poco más integrado en la rutina de cada día, volvió a preguntarse la causa de que ese día fuese tan diferente, o quizá no tan diferente sino lejano, aparentemente olvidado. Evocó el día anterior; seguía obstinado en que no podía haberle afectado tanto; es un absurdo. Finalmente no pudo engañarse más.

Pero no era momento para detenerse en estos pensamientos. Había llegado al despacho del Director. Volvería sobre ellos más tarde, se prometió.
Llamó a la puerta.
- Buenos días, traigo los resultados.
- Pasa, pasa, Álvaro, estábamos comentando que hoy hemos despertado todos un poco inquietos, ¿no te parece una casualidad?
- Es posible que sea esta lluvia, yo no le haría mucho caso. Bueno, a ver qué os parece.

La mañana transcurrió a cámara lenta aunque las voces, las idas y venidas, los teléfonos, y los cafés se sucedían vertiginosamente, como cada día. Sonó el teléfono una vez más.
- ¿Te vienes a comer?
- Ah! ¿Eres tú? Pues mira, sí, necesito hablar con alguien.
- ¿Te encuentras bien?
- No mucho, pero no es nada …como te diría…nada físico, de eso estoy seguro.
- Me estás preocupando, tu no eres muy espiritual, no te ofendas ¿eh?
- Que no, que no pasa nada. Te veo en diez minutos en la esquina con Bedfort, donde siempre.

Cogió el paraguas ya que ahora la lluvia se había hecho más intensa. ¿Debía confiarle sus dudas a Esteban? Eran amigos desde siempre. Todavía le recordaba con calzones cortos, fumando pitillos a escondidas en el cobertizo que tenían sus abuelos en el pueblo. Más que un amigo, podía considerarle un hermano, pero…también él era parte de la historia.
Sus pasos le llevaron hasta la cafetería; entró, se sacudió el agua del abrigo y vio a su amigo. Estaba sentado en la mesa del rincón, el lugar preferido de Álvaro, a quien siempre le gustaba estar alejado de la entrada, separado del paso de los clientes y alejado de la vista de los demás, ajeno a cualquier saludo o reconocimiento.
La cafetería era un local antiguo, con muebles de madera y unas pequeñas butacas que se adaptaban bien, aptas para actividades diversas: lectura, tomar un aperitivo o simplemente conversar; tras la barra había un gran espejo a través del cual se podía divisar todo el movimiento como si la vida de la cafetería quedara reflejada en una gran pantalla. Pero lo que más le atraía a Álvaro era que apenas se percibían sonidos, no había música y los clientes cuando conversaban lo hacían en un tono tan bajo que casi resultaba imposible poder identificar una frase. Desde hacía mucho tiempo iba allí con frecuencia y generalmente solo, para abstraerse del ajetreo que tenía que sufrir durante las horas del trabajo; por eso cuando le dijo a Esteban que se verían donde siempre este no tuvo ninguna duda del lugar de la cita, no habría hecho falta ni el nombre de la calle.

- ¿Qué tal Alvaro? Me tienes intrigado, no es habitual verte preocupado; incluso tu expresión parece distinta….
- No te preocupes demasiado, debe ser el cansancio de los últimos días unido a que esta noche no he dormido bien, pero nada concreto ni grave.

Había tomado la determinación de no decir nada a su amigo acerca de los sentimientos que en ese momento le embargaban; necesitaba más tiempo para pensar y sopesar si realmente era algo pasajero o no, y en cualquier caso no quería precipitarse. Siempre había sido calculador y no gustaba de expresar sus inquietudes fácilmente pues en las escasas ocasiones que lo había hecho había terminado por arrepentirse.

- Espero que así sea, aunque tu mirada parece decir otra cosa…
- ¿Qué le pasa a mi mirada?, es la de siempre.
- Bueno, si tú lo dices, no insistiré.

Era la actitud propia de Esteban, siempre quería ir directamente al grano, pero si no lo conseguía a la primera, abandonaba, como si realmente no le importara, o al menos así lo interpretaba Álvaro, y en esta ocasión le exasperó especialmente.

Había llegado a la conclusión de que los demás no tenían más interés que el mantener una relación por rutina. Desde hacía años se veía con su amigo, incluso en reuniones familiares, pero la conversación era siempre intrascendente, sobre temas que no les afectaban directamente, como si ya se hubiesen dicho todo lo que se tenían que decir y que nada importante cambiaba en sus vidas.

Pero no era así; tenía 51 años. Era cierto que en su vida todo parecía aparentemente igual: su trabajo iba bien, sin sobresaltos, su familia, tras el fallecimiento de su esposa años atrás, había superado la pérdida y no le creaba problemas especiales, su economía marchaba de forma estable y era apreciado por todos los que le conocían. Pero ya no soportaba adoptar el papel de hombre frío, fuerte, imperturbable ante la adversidad. La soledad que sintió tras el fallecimiento de Leonor y que tanto le costó superar, estaba apareciendo de nuevo, pero esta vez con una cara diferente: no era la soledad por la ausencia, era la soledad en la multitud.

- ¿cómo dices?
- Álvaro, no se donde tienes la cabeza, pero no me estabas escuchando…
- Tienes razón. Debe ser la edad, bromeó.
- De eso nada, chaval, que tú y yo somos de la misma quinta.
- Está bien, ando algo cansado.
- ¿Pensabas en ella?
- No se por qué nunca mencionas su nombre, y no, no estaba pensando en Leonor.
La muerte de Leonor había sido trágica. Nunca llegaron a despejarse las dudas, al menos no para él. ¿Por qué se habría citado con Esteban aquél día? ¿Por qué no le esperó como cada atardecer con una copa de vino y aquella sonrisa dulce bailando en su mirada?...

- Perdona, Esteban, cuéntame ¿y a ti que tal te va?
-Vamos, debes estar de broma… ¿Qué cómo me va? ¿con el fisco detrás de las orejas y mi esposa pensando en dejarme? Solo me falta que me parta un rayo, así es como me va.
- Bueno, intentemos pasar un buen rato. -¡camarero! Dos de lo mismo.

Cuatro cervezas y media hora más tarde, ambos se despidieron como hacían siempre, con un apretón de manos y un hasta pronto.
El tráfico era intenso a esas horas del día y Álvaro andaba distraído. Peligrosamente distraído.

-¡mira por donde cruzas, atontado!

El grito le sobresaltó. El coche quedó a unos centímetros de él. Aquello empezaba a ser un problema. ¿Qué le estaba pasando?
- Perdone, lo siento, lo siento.
Giró la calle tan rápido como pudo y sacó el móvil del bolsillo. Tenía que llamarle.
- Hola, Marta, tengo que hablar contigo. Está bien, sí, sí, a las ocho.
Marta era su psiquiatra. Odiaba confesarlo, pero había necesitado ayuda médica y química para volver a conciliar el sueño y levantarse cada mañana. Marta era una señora, ya entrada en años y con una larga y exitosa carrera profesional. Se la habían recomendado sus padres. Se alegraba de haberles hecho caso. En un primer momento pensó que sus padres exageraban pero tuvo que rendirse a la evidencia. Necesitaba ayuda.
Ahora, volvía a sentir la misma desazón, la misma necesidad. Sí, podía confiar en Marta. Hablaría con ella. Posiblemente así, sus fantasmas desaparecerían.
Rememoró la quietud de aquel despacho y se sintió reconfortado. Los muebles eran cómodos, la luz ni tenue ni intensa, el silencio total. Había vencido su natural timidez, su resistencia a mostrarse tal y como era. Curiosamente con Marta no se sentía vulnerable. Ejercía un poder mágico sobre él: le transmitía seguridad.
¡Marta, Marta!, vuelvo a necesitar de ti, pensó, y sintió una oleada de gratitud y cariño que bien podría ser catalogado de filial.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Es una pena que Álvaro no haya escuchado al mirlo por la noche pero seguir así pues esto se está poniendo interesante.