La conoció el primer año de Universidad. Fue un año de grandes novedades para Álvaro.
Por primera vez abandonaba su pueblo. Alguna vez había ido a la capital, acompañado de su familia; aunque se impresionara por sus luces, su movimiento, su extensión que parecía no tener fin, no se encontraba cómodo y deseaba volver a la seguridad de su ambiente, donde todo y todos eran conocidos, donde se sentía más libre y pensaba que más feliz. Al trasladarse a la ciudad para iniciar sus estudios universitarios comenzaba una forma de vida extraña para él. Fue en la primera noche cuando tomó más consciencia de que a partir de ese momento nada sería igual; su nueva habitación le era desconocida; salvo una mesa de estudio situada en un rincón y un cuarto de baño individual, el resto de muebles y objetos en poco difería de los de la habitación de su casa, sin embargo la disposición era diferente, necesitaba de la luz para deambular por ella, incluso carecía de un olor propio o al menos era un olor que no se parecía a ninguno de los que su olfato pudiera asociar. Sus padres la habían alquilado a un matrimonio mayor, que de alguna forma los iba a reemplazar; a excepción de la habitación, todo lo demás iba a ser compartido, como una nueva familia que le adoptaba. No tenía sentimiento de soledad, más bien afrontaba la situación como un reto personal inevitable y necesario que con seguridad le marcaría el futuro de su vida.
Para atenuar el nerviosismo de los primeros días de su vida universitaria contaba con la compañía y la guía de Esteban; su amigo ya formaba parte del ambiente urbano pues se había trasladado a la ciudad durante los dos años anteriores para finalizar sus estudios de bachiller, pero no habían perdido las relaciones y el afecto, que se mantuvieron gracias a que todo volvía a la normalidad entre ellos durante las vacaciones y algunos fines de semana en los que Esteban volvía al pueblo.
Álvaro iniciaba los estudios de derecho y su amigo los de medicina. Al principio procuraban coincidir siempre que el horario se lo permitía, sobre todo los fines de semana. En una de las fiestas que los estudiantes organizaban conoció a Leonor; era compañera de curso de Esteban. Fue una de esas fiestas bulliciosas en las que sus nuevos asistentes buscaban la distensión tras la agotadora semana de clases y estudio, y en las que sobresalía un deseo de hacer otros amigos y establecer nuevas relaciones; la mayoría eran jóvenes que se encontraban en la misma situación que Álvaro, jóvenes arrancados de sus raíces, sumergidos en un mundo que les fascinaba e inquietaba al mismo tiempo.
- ¡Álvaro, empollón, gritó Esteban, ven un momento!... quiero que conozcas a una compañera...Te presento a Leonor.... es Álvaro, un amigo de la infancia.
-Encantado de conocerte... dijo ella, al tiempo que acercaba su mejilla dando un beso que era lo más cercano a algo convencional.
-Puedes confiar en él, añadió Esteban, es el más formal de la pandilla del pueblo aunque algo tímido y serio. Seguro que os llevareis bien.
No se puede decir que Álvaro quedara impresionado de esta primera visión, pero algo le hizo sentirse diferente. Leonor era una joven guapa, de aspecto sencillo, o al menos eso le pareció a él. Experimentó un cierto grado de seducción que también era nuevo para él; hasta entonces su relación con otras chicas jóvenes no había pasado de un sentimiento adolescente, en el que había una combinación de afecto, amistad y en algún caso de febril enamoramiento, tras años de convivencia iniciados en la infancia.
Permanecieron juntos toda la fiesta, apenas interrumpidos por el resto de los concurrentes, probablemente les acercaba un cierto malestar común por el ambiente alborotado del entorno, que al parecer los dos detestaban. Más inclinados a la conversación, hablaron de sus estudios, de sus procedencias, de sus familias, incluso se permitieron una cierta intimidad inocente confiándose las ilusiones y los propósitos futuros.
Álvaro no volvió a saber de ella hasta unas semanas después en que coincidieron en la Facultad de Medicina, a donde él había ido para buscar a su amigo. La encontró en la puerta de la biblioteca y casi sin proponérselo, como si fuese lo habitual, terminaron tomando un café en un bar cercano al campus universitario; al fin y al cabo Esteban no sabía que iba a venir a buscarle, se argumentó Álvaro. Fue un encuentro fortuito, no buscado, inicio de otros encuentros que terminarían uniendo sus vidas.
Su relación, que se inició casualmente, casi como todas las relaciones entre los seres humanos, fue siendo cada vez más intensa; ya no les unía la fobia al ruido o al bullicio, comenzaron a descubrir que les unían más cosas: su sentido del esfuerzo y la disciplina, su anhelo por conseguir una buena formación académica, su gusto por el cine y la lectura, el deseo casi continuo de estar juntos, y un sentimiento difícil de precisar, que ellos definieron con unas simples palabras
-Leonor, te quiero...
-Yo también te quiero a ti.
A partir de entonces todos sus proyectos e ilusiones se convirtieron en un proyecto e ilusión comunes; nada se planteaba de forma individual. No por ello se aislaron del entorno, pero ya actuaban conjuntamente; poseían sus diferencias de criterios en algunos temas, pero ninguna de esas diferencias representaba un impedimento para lo que habían decidido mutuamente: se casarían en cuanto finalizaran los estudios y lograran un empleo que les permitiera una estabilidad económica. Surgieron los planes; sus ilusiones casi podían vivirlas como presentes, solo separadas de la realidad por un cuando: cuando estemos en nuestra casa... cuando tengamos hijos... cuando vayamos de viaje... Y una promesa mutua, acentuada por otro adverbio: siempre te amaré.
- ¿Álvaro? ¡Enhorabuena, eres papá!¡ un chaval estupendo!
Por primera vez abandonaba su pueblo. Alguna vez había ido a la capital, acompañado de su familia; aunque se impresionara por sus luces, su movimiento, su extensión que parecía no tener fin, no se encontraba cómodo y deseaba volver a la seguridad de su ambiente, donde todo y todos eran conocidos, donde se sentía más libre y pensaba que más feliz. Al trasladarse a la ciudad para iniciar sus estudios universitarios comenzaba una forma de vida extraña para él. Fue en la primera noche cuando tomó más consciencia de que a partir de ese momento nada sería igual; su nueva habitación le era desconocida; salvo una mesa de estudio situada en un rincón y un cuarto de baño individual, el resto de muebles y objetos en poco difería de los de la habitación de su casa, sin embargo la disposición era diferente, necesitaba de la luz para deambular por ella, incluso carecía de un olor propio o al menos era un olor que no se parecía a ninguno de los que su olfato pudiera asociar. Sus padres la habían alquilado a un matrimonio mayor, que de alguna forma los iba a reemplazar; a excepción de la habitación, todo lo demás iba a ser compartido, como una nueva familia que le adoptaba. No tenía sentimiento de soledad, más bien afrontaba la situación como un reto personal inevitable y necesario que con seguridad le marcaría el futuro de su vida.
Para atenuar el nerviosismo de los primeros días de su vida universitaria contaba con la compañía y la guía de Esteban; su amigo ya formaba parte del ambiente urbano pues se había trasladado a la ciudad durante los dos años anteriores para finalizar sus estudios de bachiller, pero no habían perdido las relaciones y el afecto, que se mantuvieron gracias a que todo volvía a la normalidad entre ellos durante las vacaciones y algunos fines de semana en los que Esteban volvía al pueblo.
Álvaro iniciaba los estudios de derecho y su amigo los de medicina. Al principio procuraban coincidir siempre que el horario se lo permitía, sobre todo los fines de semana. En una de las fiestas que los estudiantes organizaban conoció a Leonor; era compañera de curso de Esteban. Fue una de esas fiestas bulliciosas en las que sus nuevos asistentes buscaban la distensión tras la agotadora semana de clases y estudio, y en las que sobresalía un deseo de hacer otros amigos y establecer nuevas relaciones; la mayoría eran jóvenes que se encontraban en la misma situación que Álvaro, jóvenes arrancados de sus raíces, sumergidos en un mundo que les fascinaba e inquietaba al mismo tiempo.
- ¡Álvaro, empollón, gritó Esteban, ven un momento!... quiero que conozcas a una compañera...Te presento a Leonor.... es Álvaro, un amigo de la infancia.
-Encantado de conocerte... dijo ella, al tiempo que acercaba su mejilla dando un beso que era lo más cercano a algo convencional.
-Puedes confiar en él, añadió Esteban, es el más formal de la pandilla del pueblo aunque algo tímido y serio. Seguro que os llevareis bien.
No se puede decir que Álvaro quedara impresionado de esta primera visión, pero algo le hizo sentirse diferente. Leonor era una joven guapa, de aspecto sencillo, o al menos eso le pareció a él. Experimentó un cierto grado de seducción que también era nuevo para él; hasta entonces su relación con otras chicas jóvenes no había pasado de un sentimiento adolescente, en el que había una combinación de afecto, amistad y en algún caso de febril enamoramiento, tras años de convivencia iniciados en la infancia.
Permanecieron juntos toda la fiesta, apenas interrumpidos por el resto de los concurrentes, probablemente les acercaba un cierto malestar común por el ambiente alborotado del entorno, que al parecer los dos detestaban. Más inclinados a la conversación, hablaron de sus estudios, de sus procedencias, de sus familias, incluso se permitieron una cierta intimidad inocente confiándose las ilusiones y los propósitos futuros.
Álvaro no volvió a saber de ella hasta unas semanas después en que coincidieron en la Facultad de Medicina, a donde él había ido para buscar a su amigo. La encontró en la puerta de la biblioteca y casi sin proponérselo, como si fuese lo habitual, terminaron tomando un café en un bar cercano al campus universitario; al fin y al cabo Esteban no sabía que iba a venir a buscarle, se argumentó Álvaro. Fue un encuentro fortuito, no buscado, inicio de otros encuentros que terminarían uniendo sus vidas.
Su relación, que se inició casualmente, casi como todas las relaciones entre los seres humanos, fue siendo cada vez más intensa; ya no les unía la fobia al ruido o al bullicio, comenzaron a descubrir que les unían más cosas: su sentido del esfuerzo y la disciplina, su anhelo por conseguir una buena formación académica, su gusto por el cine y la lectura, el deseo casi continuo de estar juntos, y un sentimiento difícil de precisar, que ellos definieron con unas simples palabras
-Leonor, te quiero...
-Yo también te quiero a ti.
A partir de entonces todos sus proyectos e ilusiones se convirtieron en un proyecto e ilusión comunes; nada se planteaba de forma individual. No por ello se aislaron del entorno, pero ya actuaban conjuntamente; poseían sus diferencias de criterios en algunos temas, pero ninguna de esas diferencias representaba un impedimento para lo que habían decidido mutuamente: se casarían en cuanto finalizaran los estudios y lograran un empleo que les permitiera una estabilidad económica. Surgieron los planes; sus ilusiones casi podían vivirlas como presentes, solo separadas de la realidad por un cuando: cuando estemos en nuestra casa... cuando tengamos hijos... cuando vayamos de viaje... Y una promesa mutua, acentuada por otro adverbio: siempre te amaré.
- ¿Álvaro? ¡Enhorabuena, eres papá!¡ un chaval estupendo!
No había podido entrar al paritorio con Leonor. Se había mareado. Todo lo que tenía que ver con un quirófano le producía angustia, no podía superarlo. Decididamente había hecho bien eligiendo una profesión tan distinta.
- ¿Está bien mi esposa? ¿Está bien el niño?
- Sí, sí, pasa y lo compruebas tu mismo.
Álvaro no podía sentirse las piernas y el corazón estaba a punto de saltarle del pecho. Su mujer se había puesto de parto aquella misma madrugada y unas horas después ¡eran padres! No podía dejar de besarla y no podía dejar de mirarle. Aquella personita ¡era su hijo! El milagro de la vida se había abierto camino en las suyas.
Un año atrás se habían casado. El y Leonor habían decidido llegar vírgenes al matrimonio. La decisión estaba fundamentada sobre todo en las profundas creencias religiosas de Álvaro, que Leonor siempre había respetado y a su estilo compartía; era una decisión muy pensada sobre la que habían hablado detenidamente. Creían en un amor exclusivo y para siempre; entendían que su promesa de entrega debía serlo en todos los aspectos. Si bien era cierto que no les ayudaba nada ni el ambiente ni las burlas de sus propios amigos, habían alcanzado la meta y se sentían enormemente dichosos. También habían hablado de tener hijos; les parecía la consecuencia lógica de su amor.
Y ahora…allí estaba aquel pequeño ser: 3´450 gramos y 55 centímetros, varón, normal, completo. A Leonor y a él les pareció perfecto.
No cesaron de llegar visitas. Ahora, no podía recordar quienes fueron. Solo recordaba besos, abrazos, lágrimas emocionadas y una dicha inmensa.
Para Leonor el ambiente hospitalario era su mundo y se desenvolvía con naturalidad, pero pese a ello, los días de hospital se hacían largos y penosos, incluso en su situación, donde no había dolor ni enfermedad, sino alegría y vida. Allí nadie les conocía, ella no había querido identificarse como médico, pensaba en el “síndrome del recomendado”; también Álvaro había preferido mantener el anonimato.
Cuando les dieron el alta se sintieron eufóricos. Álvaro había dejado preparadas flores en un jarrón y champán en la nevera. Acurrucaron a Jaime y se tumbaron los tres en la cama. Allí estaba su pequeño universo, no necesitaban más. Al rato, Jaime y Álvaro dormían profundamente. Leonor no podía, estaba tan emocionada por su recién estrenada maternidad que quería mantenerse despierta y disfrutar de ella.
Se levantó y decidió llamar a su madre.
- ¿mamá?
- ¿Leonor? ¿Es posible que ya estéis en casa? ¿No deberías estar descansando, hija?
Sus padres vivían lejos y eran mayores. Cuando se presentó el parto, Leonor había decidido no decirles nada hasta que todo hubiese concluido. Y así lo hicieron. La sorpresa fue mayúscula puesto que el nacimiento estaba previsto para unas semanas después, pero…estaba claro que la medicina no era una ciencia exacta.
Colgó el teléfono. Ahora que ella misma era madre, empezaba a barruntar cuánto podía quererla la suya.
Rendida por las emociones, Leonor acabó dormida en el sofá, hasta que le despertó una voz dulce y cariñosa, que tardó un rato en identificar.
- Vida mía, será mejor que atiendas a nuestro hijo. Está inquieto y apuesto a que tiene hambre.
Pasados unos días, volvieron a la normalidad. Y las semanas se hicieron meses y los meses fueron coronando el año. Álvaro se levantaba muy temprano; su jornada laboral era agotadora. A la salida del trabajo, los amigos se iban a tomar unas copas, “a relajarse”-decían-, pero él estaba deseando llegar a casa. Leonor le esperaba con una sonrisa bailando en su mirada y una copa de vino tinto en las manos.
- ¿Cómo te ha ido el día?
- ¡Bien! Agotador, supongo, pero bien. Hoy ha habido un pequeño revuelo en la oficina.
Le contó lo de los documentos desaparecidos y la sospecha que había levantado un compañero nuevo que apenas llevaba unos días trabajando.
- El jefe ha llamado a la policía. Parece ser que junto con los documentos, había un proyecto millonario y la pérdida puede ser cuantiosa. Pero, no hablemos de esto, cuéntame tú ¿qué progresos ha hecho hoy Jaime?
Jaime tenía casi un año, ya balbucía sus primeras palabras y se sostenía de pie en el parque. Hablaron un poco más, pero el tiempo mandaba y el cansancio también. Las luces de la ciudad iluminaban calles solitarias. Todo quedaba en quietud. Todo era silencio. Anochecía…