NOVELA-ENTRE-DOS

Blog para crear una NOVELA ENTRE DOS, con el único fin de DIVERTIRNOS y DIVERTIR a nuestros lectores, futuros fans y compradores en potencia del libro cuando se publique

jueves, 24 de julio de 2008

¡¡¡UNA DISCULPA!!!


Tengo que pediros una disculpa. Soy una de las dos partes que escriben o escribían esta novela.
La otra parte me tiene esperando,igual que a vosotros, de tal modo,que ya no recuerdo ni yo los personajes.Mucho menos la trama.
Sin decir quien soy,si quiero dejar clarito,que luego todo se sabe,que si esta Novela Entre Dos se ha quedado "congelada" es por causas ajenas a mi voluntad.
MUCHAS GRACIAS Y DISCULPAS

jueves, 29 de mayo de 2008

Cap. II- b

La conoció el primer año de Universidad. Fue un año de grandes novedades para Álvaro.

Por primera vez abandonaba su pueblo. Alguna vez había ido a la capital, acompañado de su familia; aunque se impresionara por sus luces, su movimiento, su extensión que parecía no tener fin, no se encontraba cómodo y deseaba volver a la seguridad de su ambiente, donde todo y todos eran conocidos, donde se sentía más libre y pensaba que más feliz. Al trasladarse a la ciudad para iniciar sus estudios universitarios comenzaba una forma de vida extraña para él. Fue en la primera noche cuando tomó más consciencia de que a partir de ese momento nada sería igual; su nueva habitación le era desconocida; salvo una mesa de estudio situada en un rincón y un cuarto de baño individual, el resto de muebles y objetos en poco difería de los de la habitación de su casa, sin embargo la disposición era diferente, necesitaba de la luz para deambular por ella, incluso carecía de un olor propio o al menos era un olor que no se parecía a ninguno de los que su olfato pudiera asociar. Sus padres la habían alquilado a un matrimonio mayor, que de alguna forma los iba a reemplazar; a excepción de la habitación, todo lo demás iba a ser compartido, como una nueva familia que le adoptaba. No tenía sentimiento de soledad, más bien afrontaba la situación como un reto personal inevitable y necesario que con seguridad le marcaría el futuro de su vida.

Para atenuar el nerviosismo de los primeros días de su vida universitaria contaba con la compañía y la guía de Esteban; su amigo ya formaba parte del ambiente urbano pues se había trasladado a la ciudad durante los dos años anteriores para finalizar sus estudios de bachiller, pero no habían perdido las relaciones y el afecto, que se mantuvieron gracias a que todo volvía a la normalidad entre ellos durante las vacaciones y algunos fines de semana en los que Esteban volvía al pueblo.

Álvaro iniciaba los estudios de derecho y su amigo los de medicina. Al principio procuraban coincidir siempre que el horario se lo permitía, sobre todo los fines de semana. En una de las fiestas que los estudiantes organizaban conoció a Leonor; era compañera de curso de Esteban. Fue una de esas fiestas bulliciosas en las que sus nuevos asistentes buscaban la distensión tras la agotadora semana de clases y estudio, y en las que sobresalía un deseo de hacer otros amigos y establecer nuevas relaciones; la mayoría eran jóvenes que se encontraban en la misma situación que Álvaro, jóvenes arrancados de sus raíces, sumergidos en un mundo que les fascinaba e inquietaba al mismo tiempo.

- ¡Álvaro, empollón, gritó Esteban, ven un momento!... quiero que conozcas a una compañera...Te presento a Leonor.... es Álvaro, un amigo de la infancia.

-Encantado de conocerte... dijo ella, al tiempo que acercaba su mejilla dando un beso que era lo más cercano a algo convencional.

-Puedes confiar en él, añadió Esteban, es el más formal de la pandilla del pueblo aunque algo tímido y serio. Seguro que os llevareis bien.

No se puede decir que Álvaro quedara impresionado de esta primera visión, pero algo le hizo sentirse diferente. Leonor era una joven guapa, de aspecto sencillo, o al menos eso le pareció a él. Experimentó un cierto grado de seducción que también era nuevo para él; hasta entonces su relación con otras chicas jóvenes no había pasado de un sentimiento adolescente, en el que había una combinación de afecto, amistad y en algún caso de febril enamoramiento, tras años de convivencia iniciados en la infancia.

Permanecieron juntos toda la fiesta, apenas interrumpidos por el resto de los concurrentes, probablemente les acercaba un cierto malestar común por el ambiente alborotado del entorno, que al parecer los dos detestaban. Más inclinados a la conversación, hablaron de sus estudios, de sus procedencias, de sus familias, incluso se permitieron una cierta intimidad inocente confiándose las ilusiones y los propósitos futuros.

Álvaro no volvió a saber de ella hasta unas semanas después en que coincidieron en la Facultad de Medicina, a donde él había ido para buscar a su amigo. La encontró en la puerta de la biblioteca y casi sin proponérselo, como si fuese lo habitual, terminaron tomando un café en un bar cercano al campus universitario; al fin y al cabo Esteban no sabía que iba a venir a buscarle, se argumentó Álvaro. Fue un encuentro fortuito, no buscado, inicio de otros encuentros que terminarían uniendo sus vidas.

Su relación, que se inició casualmente, casi como todas las relaciones entre los seres humanos, fue siendo cada vez más intensa; ya no les unía la fobia al ruido o al bullicio, comenzaron a descubrir que les unían más cosas: su sentido del esfuerzo y la disciplina, su anhelo por conseguir una buena formación académica, su gusto por el cine y la lectura, el deseo casi continuo de estar juntos, y un sentimiento difícil de precisar, que ellos definieron con unas simples palabras

-Leonor, te quiero...
-Yo también te quiero a ti.

A partir de entonces todos sus proyectos e ilusiones se convirtieron en un proyecto e ilusión comunes; nada se planteaba de forma individual. No por ello se aislaron del entorno, pero ya actuaban conjuntamente; poseían sus diferencias de criterios en algunos temas, pero ninguna de esas diferencias representaba un impedimento para lo que habían decidido mutuamente: se casarían en cuanto finalizaran los estudios y lograran un empleo que les permitiera una estabilidad económica. Surgieron los planes; sus ilusiones casi podían vivirlas como presentes, solo separadas de la realidad por un cuando: cuando estemos en nuestra casa... cuando tengamos hijos... cuando vayamos de viaje... Y una promesa mutua, acentuada por otro adverbio: siempre te amaré.

- ¿Álvaro? ¡Enhorabuena, eres papá!¡ un chaval estupendo!

No había podido entrar al paritorio con Leonor. Se había mareado. Todo lo que tenía que ver con un quirófano le producía angustia, no podía superarlo. Decididamente había hecho bien eligiendo una profesión tan distinta.

- ¿Está bien mi esposa? ¿Está bien el niño?

- Sí, sí, pasa y lo compruebas tu mismo.

Álvaro no podía sentirse las piernas y el corazón estaba a punto de saltarle del pecho. Su mujer se había puesto de parto aquella misma madrugada y unas horas después ¡eran padres! No podía dejar de besarla y no podía dejar de mirarle. Aquella personita ¡era su hijo! El milagro de la vida se había abierto camino en las suyas.

Un año atrás se habían casado. El y Leonor habían decidido llegar vírgenes al matrimonio. La decisión estaba fundamentada sobre todo en las profundas creencias religiosas de Álvaro, que Leonor siempre había respetado y a su estilo compartía; era una decisión muy pensada sobre la que habían hablado detenidamente. Creían en un amor exclusivo y para siempre; entendían que su promesa de entrega debía serlo en todos los aspectos. Si bien era cierto que no les ayudaba nada ni el ambiente ni las burlas de sus propios amigos, habían alcanzado la meta y se sentían enormemente dichosos. También habían hablado de tener hijos; les parecía la consecuencia lógica de su amor.

Y ahora…allí estaba aquel pequeño ser: 3´450 gramos y 55 centímetros, varón, normal, completo. A Leonor y a él les pareció perfecto.

No cesaron de llegar visitas. Ahora, no podía recordar quienes fueron. Solo recordaba besos, abrazos, lágrimas emocionadas y una dicha inmensa.
Para Leonor el ambiente hospitalario era su mundo y se desenvolvía con naturalidad, pero pese a ello, los días de hospital se hacían largos y penosos, incluso en su situación, donde no había dolor ni enfermedad, sino alegría y vida. Allí nadie les conocía, ella no había querido identificarse como médico, pensaba en el “síndrome del recomendado”; también Álvaro había preferido mantener el anonimato.

Cuando les dieron el alta se sintieron eufóricos. Álvaro había dejado preparadas flores en un jarrón y champán en la nevera. Acurrucaron a Jaime y se tumbaron los tres en la cama. Allí estaba su pequeño universo, no necesitaban más. Al rato, Jaime y Álvaro dormían profundamente. Leonor no podía, estaba tan emocionada por su recién estrenada maternidad que quería mantenerse despierta y disfrutar de ella.

Se levantó y decidió llamar a su madre.

- ¿mamá?

- ¿Leonor? ¿Es posible que ya estéis en casa? ¿No deberías estar descansando, hija?

Sus padres vivían lejos y eran mayores. Cuando se presentó el parto, Leonor había decidido no decirles nada hasta que todo hubiese concluido. Y así lo hicieron. La sorpresa fue mayúscula puesto que el nacimiento estaba previsto para unas semanas después, pero…estaba claro que la medicina no era una ciencia exacta.

Colgó el teléfono. Ahora que ella misma era madre, empezaba a barruntar cuánto podía quererla la suya.

Rendida por las emociones, Leonor acabó dormida en el sofá, hasta que le despertó una voz dulce y cariñosa, que tardó un rato en identificar.

- Vida mía, será mejor que atiendas a nuestro hijo. Está inquieto y apuesto a que tiene hambre.

Pasados unos días, volvieron a la normalidad. Y las semanas se hicieron meses y los meses fueron coronando el año. Álvaro se levantaba muy temprano; su jornada laboral era agotadora. A la salida del trabajo, los amigos se iban a tomar unas copas, “a relajarse”-decían-, pero él estaba deseando llegar a casa. Leonor le esperaba con una sonrisa bailando en su mirada y una copa de vino tinto en las manos.

- ¿Cómo te ha ido el día?

- ¡Bien! Agotador, supongo, pero bien. Hoy ha habido un pequeño revuelo en la oficina.

Le contó lo de los documentos desaparecidos y la sospecha que había levantado un compañero nuevo que apenas llevaba unos días trabajando.

- El jefe ha llamado a la policía. Parece ser que junto con los documentos, había un proyecto millonario y la pérdida puede ser cuantiosa. Pero, no hablemos de esto, cuéntame tú ¿qué progresos ha hecho hoy Jaime?

Jaime tenía casi un año, ya balbucía sus primeras palabras y se sostenía de pie en el parque. Hablaron un poco más, pero el tiempo mandaba y el cansancio también. Las luces de la ciudad iluminaban calles solitarias. Todo quedaba en quietud. Todo era silencio. Anochecía…

viernes, 23 de mayo de 2008

capitulo II


CAPITULO II:

Fue puntual. Al llegar a la antesala apenas si tuvo que esperar; en seguida se abrió la puerta del despacho y apareció Marta mientras despedía a una chica joven que salía de su interior.

- ¡Hola, Álvaro¡ Me alegro de verte, pasa y siéntate; conoces bien este despacho.

- Gracias, Marta. Te agradezco que hayas encontrado un hueco hoy mismo, sé lo ocupada que estás.

- Sabes perfectamente que para ti siempre estoy disponible. Eres mi paciente, perdona por el término; pero ante todo te tengo gran cariño; incluso a veces dudo de que pueda ser una buena profesional contigo, dada la relación afectiva que ahora nos une.

- Tú siempre serás para mí la mejor profesional. Fuiste la única persona que logró transmitirme la paz y estabilidad que necesitaba, y sacarme a flote en aquellos momentos tan difíciles para mí.

Marta era una mujer que no perdía nunca la expresión de alegría en el rostro. Su pelo cano le confería una imagen de serenidad, y el tono suave y melodioso de sus palabras transmitían una quietud y seguridad que podía romper cualquier reticencia o desconfianza. Vestía de forma elegante pero sin pretensiones; la armonía de sus movimientos y la mirada siempre atenta a su interlocutor, sin gestos inútiles o esteriotipados, despejaba cualquier duda sobre su capacidad.

Como le había recordado Marta, conocía bien su despacho. Era un espacio que conjuntaba con la personalidad de su ocupante: ni demasiado grande ni demasiado reducido, sobrio pero acogedor, con una luminosidad que no dejaba sombras ocultas pero sin realzar ningún rincón concreto. Todo invitaba a olvidarse del entorno y al mismo tiempo nada sobraba ni nada se echaba en falta. Álvaro estaba convencido de que Marta no había dejado nada al azar ni al gusto de un experto decorador de la época.

Cuando se sentó frente a ella, separados por un espacio que no incitaba al distanciamiento ni a la familiaridad, volvió a ver su mirada, penetrante y al mismo tiempo dulce, y supo una vez más que casi sobraban las palabras; ella le conocía bien, probablemente era la única persona que sabía de sus inquietudes y miedos, de sus ánimos y desesperanzas; nada escapaba a su agudeza, de forma que cuando en alguna ocasión él había intentado ocultar algo o evitar un tema, ella se había dado cuenta y daba por terminada la sesión de ese día, no como reproche sino por respeto, segura de que en otra ocasión surgiría espontáneamente, sin presiones. Era una convencida de que el ser humano es consciente de sus posibilidades y limitaciones y que cada uno encuentra por sí mismo el camino a seguir, sólo necesita de alguien que le ayude a hacer frente a las circunstancias, a centrar las ideas despejando temores o apasionamientos.

- Marta, te he pedido hablar contigo porque nuevamente he comenzado a sentir dudas y ha reaparecido el sentimiento de culpabilidad y una inquietante sensación de soledad.

- Nunca creí que lo hubieras superado por completo, pero necesitabas tiempo para analizar y analizarte desde una perspectiva menos atormentada. Sé que sigues sintiéndote responsable de la muerte de Leonor. Ya hemos hablado muchas veces de ello, eres tú el que tiene que liberarse de esos sentimientos afrontando con sinceridad todas las posibilidades, pero debes evitar el compadecerte de ti mismo; ese es el remedio de los débiles y tú no lo eres.

- Sigo sin aceptar la causa de su muerte; sí, técnicamente está aclarada, pero sigo pensando que ella buscó su propia muerte, no fue un accidente.

- Suponiendo, y sólo como suposición, que ella hubiese podido decidir acabar con su vida en un momento en que se sentía sola y abandonada, aún cuando tú te culpes de no haberle prestado suficiente atención no es razón para que te sientas el responsable directo de su muerte. Ella podía haber buscado ayuda, empezando por ti.

- Si, tienes razón. Pero hay algo más. Creo que ella pensaba que no la amaba y buscó refugio sentimental en otro hombre.

- ¿En qué te basas?...

El día anterior Álvaro había acudido a la cafetería de la esquina de Bedfort. Como siempre, se había sentado en el rincón; mientras tomaba un café, notó que alguien le tocaba el hombro; al volverse vio a un antiguo compañero de trabajo, no recordaba su nombre, hacía años que no se veían. Se saludaron cordialmente y después de intercambiar frases de rutina, Sergio, ese era su nombre, bruscamente le preguntó si se encontraba ya mejor después del accidente. Álvaro le dijo que eso nunca se olvida pero que lo tenía ya asumido como parte ineluctable de la vida:

- Lo entiendo; fue lamentable. Recuerdo que la conocí unos días antes. Entré en un restaurante y la vi con vuestro amigo común, Esteban. Al acercarme me la presentó y me pareció una mujer muy hermosa pero con una expresión algo triste; se fue rápidamente, incluso me sorprendió la precipitación de su marcha, pues la comida estaba casi completa en su plato. Al preguntar a Esteban si le había incomodado mi presencia, me respondió que no me preocupara, lo que le ocurría es que estaba pasando un mal momento.

- Ah, sí, esos días estaba algo inquieta: los hijos, que a esa edad preocupan tanto.

Álvaro había mentido. Aunque después del suceso reconoció el distanciamiento que se había ido produciendo entre los dos, no era consciente de que Leonor hubiese estado especialmente triste en ese tiempo.

- Pero eso no significa que deseara la muerte; le dijo Marta.

- No, pero es un dato más que se añade a las oscuras circunstancias de su accidente. Además, ¿por qué Esteban no me dijo nunca nada?... ¿Qué sabía Esteban para realizar esa afirmación?

- Eso deberías preguntárselo a él, ¿No te parece?

- Sí, pero con la racha por la que está pasando temo una evasiva o una explicación demasiado sencilla, en cuyo caso insistirle en una respuesta más explícita podría llevarle a una postura de defensa y entonces ya nunca sabré si es la verdad o no. Ya me conoces, soy muy cauto y me gusta atar todos los cabos, dominar la conversación de forma que no haya posibilidad de resquicios.

- Tendrás que tomar una decisión, mientras no des el paso seguirás inmerso en tus fantasías que irás alimentando de forma peligrosa. Alguna vez tendrás que confiar en los demás. Corres el riesgo de llegar a una paranoia.

La conversación duró poco más; volvieron a hablar de aspectos de su personalidad que ya habían sido tratados con anterioridad en repetidas ocasiones. Finalmente, al despedirse, Marta le sugirió nuevamente que afrontara abiertamente los hechos. No le prescribió ningún medicamento, ni siquiera para ayudarle a conciliar el sueño. No debía buscar refugio en los fármacos, ese no era el modo de solucionar su problema.

Cuando salió del despacho de Marta la lluvia había arreciado nuevamente, había olvidado el paraguas en la sala de espera; decidió no volver, no quería molestar a Marta. Se refugió bajo la cornisa de un cine y esperó hasta poder encontrar un taxi. En el recorrido hacia su casa, su mirada seguía perdida, sólo veía imágenes que procedían de su mente, sin tiempo ni espacio concretos, desdibujadas por las luces intensas que le llegaban desde el exterior. Estaba más tranquilo, Marta siempre le producía ese efecto, pero sabía que tenía que seguir sus consejos y no demorarlo, como otras veces en que había confiado en el tiempo como el mejor aliado; el tiempo solo enquista y endurece lo externo, pero mantiene un incandescente magma de emociones ocultas, que tarde o temprano explotarán de forma intempestiva y descontrolada. Lo había aprendido por propia experiencia.

El día amaneció soleado. Era una de esas mañanas de primavera de luz blanca y aire calido. Quedó doblemente sorprendido. La semana había sido muy intensa. El trabajo cansa, pensó, pero las emociones agotan. Sin embargo, tras una semana dura y gris, el día se presentaba formidable y su estado de ánimo era mejor de lo esperado.

Los sábados, por tradición familiar, siempre llevaban aparejados un desayuno “mágico”. Así los llamaban cuando los niños eran pequeños y así seguían llamándolos aunque todo había cambiado. A Leonor y a él les gustaba madrugar; la jornada empezaba pronto y la empezaban juntos. Primero el café conyugal, el que tomaban los dos en la cafetería de la esquina donde compraban un cargamento de churros para todos. Era el momento de mayor intimidad. Volvían a encontrarse, a mirarse a los ojos, a decirse te quiero. Se contaban todo lo que había quedado “archivado” hasta el momento de ser contado. Era un tiempo deseado por ambos. Habían pasado los años pero seguían siendo amigos y cómplices. Leonor tenía el don de hacerle reír. Era vital y optimista. Transpiraba seguridad en sí misma y le sobraban energías y buen humor. Se turbó con estos recuerdos…qué pudo pasar, cómo pudo cambiar tanto, por qué no se dio cuenta…Álvaro suspiró y volvió su mente al pasado…y así estuvo un rato más, buceando en su vida y dejándose mecer por el sabor agridulce de los recuerdos.

Los niños ya no estaban y Leonor tampoco…

Se dio una ducha rápida y se puso ropa de deporte. El espejo del dormitorio le devolvió la imagen de un hombre fuerte y sonrió al observar que ya peinaba canas. Tomó un desayuno completo, se calzó los tenis y decidió salir a correr. La afición al footing le venía de lejos y había hecho de ello un divertimento y una válvula de escape.
Corrió una hora por el paseo marítimo que era su ruta preferida. Miraba el mar embelesado, extasiado, agradecido…Sus ojos, los ojos de Leonor ¡eran tan azules! …El dolor atenazó su corazón y de sus labios salió una pregunta que más que pregunta parecía un lamento: ¿por qué?
Regresó a casa a tiempo de oír el teléfono. Corrió a abrir la puerta pero cuando llegó, la llamada ya se había cortado. Muy bien, seas quien seas, volverás a llamar, pensó.

Estaba en la ducha y volvió a sonar ¡Siempre tan inoportuno!

- ¿Diga?
- ¡hola papá!
- ¡Jaime! ¡Qué alegría! ¿Desde dónde llamas?
- Estoy entre clase y clase, ya sabes que aquí nos exprimen al máximo.
- Venga, no te quejes, el master es ahora lo más importante para ti, te abrirá puertas
- Si, lo se, lo se, pero… ¡un sábado! Bueno ¿cómo estás?
- Estoy bien hijo, gracias por llamarme; anda, vuelve a clase, ya hablaremos más despacio a tu vuelta
- Apenas quince días y no podrás librarte de mí
- Eso espero Jaime, te echo de menos. Un beso hijo.
- Adiós papá.
Colgó el teléfono y sonrió para sí. ¡Este chico!.. Leonor, ¡se parece tanto a ti…!

martes, 20 de mayo de 2008

capitulo I

Acababa de despertar. Tenía la sensación de no haber dormido bien, con una mezcla de recuerdos de sueños y realidades que no podía discernir entre ellos. Le había pasado otras veces, pero en los últimos meses ya había logrado conciliar el sueño sin dificultad. Pero en esta ocasión el cuerpo estaba más cansado y le costaba un esfuerzo mayor el iniciar las tareas que casi de forma automática realizaba todos los días al levantarse. Una aglomeración de ideas inconexas y desánimo le había provocado el tener que corregir actos que hasta entonces los hacía sin pensar. Otra vez vuelta a atrás. No podía entender la razón o bien no quería admitir que esa razón fuese la inquietud que le produjeron los sucesos del día anterior; no podía ser ese el motivo, era un motivo absurdo por lo reiterativo y que había superado hacía tiempo. Quizá es que la mente y el cuerpo no pueden mantenerse en equilibrio continuo, como si fuese un atentado a la naturaleza humana el poder lograr una estabilidad que permita disfrutar cada momento con intensidad. Bueno, ya veremos, pensó.

Tras una taza de café cargado recuperó algo de energía y al salir a la calle se dio cuenta que estaba lloviendo, no era una lluvia enérgica, ni siquiera lograba notarla en el cuerpo a pesar de haber andado durante casi veinte minutos, que era el tiempo que le separaba del metro. En el laberinto subterráneo, con luces, ruidos e imágenes que casi podía repetir con sus sentidos sin vivirlos, un poco más integrado en la rutina de cada día, volvió a preguntarse la causa de que ese día fuese tan diferente, o quizá no tan diferente sino lejano, aparentemente olvidado. Evocó el día anterior; seguía obstinado en que no podía haberle afectado tanto; es un absurdo. Finalmente no pudo engañarse más.

Pero no era momento para detenerse en estos pensamientos. Había llegado al despacho del Director. Volvería sobre ellos más tarde, se prometió.
Llamó a la puerta.
- Buenos días, traigo los resultados.
- Pasa, pasa, Álvaro, estábamos comentando que hoy hemos despertado todos un poco inquietos, ¿no te parece una casualidad?
- Es posible que sea esta lluvia, yo no le haría mucho caso. Bueno, a ver qué os parece.

La mañana transcurrió a cámara lenta aunque las voces, las idas y venidas, los teléfonos, y los cafés se sucedían vertiginosamente, como cada día. Sonó el teléfono una vez más.
- ¿Te vienes a comer?
- Ah! ¿Eres tú? Pues mira, sí, necesito hablar con alguien.
- ¿Te encuentras bien?
- No mucho, pero no es nada …como te diría…nada físico, de eso estoy seguro.
- Me estás preocupando, tu no eres muy espiritual, no te ofendas ¿eh?
- Que no, que no pasa nada. Te veo en diez minutos en la esquina con Bedfort, donde siempre.

Cogió el paraguas ya que ahora la lluvia se había hecho más intensa. ¿Debía confiarle sus dudas a Esteban? Eran amigos desde siempre. Todavía le recordaba con calzones cortos, fumando pitillos a escondidas en el cobertizo que tenían sus abuelos en el pueblo. Más que un amigo, podía considerarle un hermano, pero…también él era parte de la historia.
Sus pasos le llevaron hasta la cafetería; entró, se sacudió el agua del abrigo y vio a su amigo. Estaba sentado en la mesa del rincón, el lugar preferido de Álvaro, a quien siempre le gustaba estar alejado de la entrada, separado del paso de los clientes y alejado de la vista de los demás, ajeno a cualquier saludo o reconocimiento.
La cafetería era un local antiguo, con muebles de madera y unas pequeñas butacas que se adaptaban bien, aptas para actividades diversas: lectura, tomar un aperitivo o simplemente conversar; tras la barra había un gran espejo a través del cual se podía divisar todo el movimiento como si la vida de la cafetería quedara reflejada en una gran pantalla. Pero lo que más le atraía a Álvaro era que apenas se percibían sonidos, no había música y los clientes cuando conversaban lo hacían en un tono tan bajo que casi resultaba imposible poder identificar una frase. Desde hacía mucho tiempo iba allí con frecuencia y generalmente solo, para abstraerse del ajetreo que tenía que sufrir durante las horas del trabajo; por eso cuando le dijo a Esteban que se verían donde siempre este no tuvo ninguna duda del lugar de la cita, no habría hecho falta ni el nombre de la calle.

- ¿Qué tal Alvaro? Me tienes intrigado, no es habitual verte preocupado; incluso tu expresión parece distinta….
- No te preocupes demasiado, debe ser el cansancio de los últimos días unido a que esta noche no he dormido bien, pero nada concreto ni grave.

Había tomado la determinación de no decir nada a su amigo acerca de los sentimientos que en ese momento le embargaban; necesitaba más tiempo para pensar y sopesar si realmente era algo pasajero o no, y en cualquier caso no quería precipitarse. Siempre había sido calculador y no gustaba de expresar sus inquietudes fácilmente pues en las escasas ocasiones que lo había hecho había terminado por arrepentirse.

- Espero que así sea, aunque tu mirada parece decir otra cosa…
- ¿Qué le pasa a mi mirada?, es la de siempre.
- Bueno, si tú lo dices, no insistiré.

Era la actitud propia de Esteban, siempre quería ir directamente al grano, pero si no lo conseguía a la primera, abandonaba, como si realmente no le importara, o al menos así lo interpretaba Álvaro, y en esta ocasión le exasperó especialmente.

Había llegado a la conclusión de que los demás no tenían más interés que el mantener una relación por rutina. Desde hacía años se veía con su amigo, incluso en reuniones familiares, pero la conversación era siempre intrascendente, sobre temas que no les afectaban directamente, como si ya se hubiesen dicho todo lo que se tenían que decir y que nada importante cambiaba en sus vidas.

Pero no era así; tenía 51 años. Era cierto que en su vida todo parecía aparentemente igual: su trabajo iba bien, sin sobresaltos, su familia, tras el fallecimiento de su esposa años atrás, había superado la pérdida y no le creaba problemas especiales, su economía marchaba de forma estable y era apreciado por todos los que le conocían. Pero ya no soportaba adoptar el papel de hombre frío, fuerte, imperturbable ante la adversidad. La soledad que sintió tras el fallecimiento de Leonor y que tanto le costó superar, estaba apareciendo de nuevo, pero esta vez con una cara diferente: no era la soledad por la ausencia, era la soledad en la multitud.

- ¿cómo dices?
- Álvaro, no se donde tienes la cabeza, pero no me estabas escuchando…
- Tienes razón. Debe ser la edad, bromeó.
- De eso nada, chaval, que tú y yo somos de la misma quinta.
- Está bien, ando algo cansado.
- ¿Pensabas en ella?
- No se por qué nunca mencionas su nombre, y no, no estaba pensando en Leonor.
La muerte de Leonor había sido trágica. Nunca llegaron a despejarse las dudas, al menos no para él. ¿Por qué se habría citado con Esteban aquél día? ¿Por qué no le esperó como cada atardecer con una copa de vino y aquella sonrisa dulce bailando en su mirada?...

- Perdona, Esteban, cuéntame ¿y a ti que tal te va?
-Vamos, debes estar de broma… ¿Qué cómo me va? ¿con el fisco detrás de las orejas y mi esposa pensando en dejarme? Solo me falta que me parta un rayo, así es como me va.
- Bueno, intentemos pasar un buen rato. -¡camarero! Dos de lo mismo.

Cuatro cervezas y media hora más tarde, ambos se despidieron como hacían siempre, con un apretón de manos y un hasta pronto.
El tráfico era intenso a esas horas del día y Álvaro andaba distraído. Peligrosamente distraído.

-¡mira por donde cruzas, atontado!

El grito le sobresaltó. El coche quedó a unos centímetros de él. Aquello empezaba a ser un problema. ¿Qué le estaba pasando?
- Perdone, lo siento, lo siento.
Giró la calle tan rápido como pudo y sacó el móvil del bolsillo. Tenía que llamarle.
- Hola, Marta, tengo que hablar contigo. Está bien, sí, sí, a las ocho.
Marta era su psiquiatra. Odiaba confesarlo, pero había necesitado ayuda médica y química para volver a conciliar el sueño y levantarse cada mañana. Marta era una señora, ya entrada en años y con una larga y exitosa carrera profesional. Se la habían recomendado sus padres. Se alegraba de haberles hecho caso. En un primer momento pensó que sus padres exageraban pero tuvo que rendirse a la evidencia. Necesitaba ayuda.
Ahora, volvía a sentir la misma desazón, la misma necesidad. Sí, podía confiar en Marta. Hablaría con ella. Posiblemente así, sus fantasmas desaparecerían.
Rememoró la quietud de aquel despacho y se sintió reconfortado. Los muebles eran cómodos, la luz ni tenue ni intensa, el silencio total. Había vencido su natural timidez, su resistencia a mostrarse tal y como era. Curiosamente con Marta no se sentía vulnerable. Ejercía un poder mágico sobre él: le transmitía seguridad.
¡Marta, Marta!, vuelvo a necesitar de ti, pensó, y sintió una oleada de gratitud y cariño que bien podría ser catalogado de filial.

lunes, 19 de mayo de 2008

ESTA ES LA IDEA

LA IDEA es comenzar a escribir una Novela-entre-dos; donde uno empieza y el otro le sigue, como si fuesen los pasos de una danza; de tal modo, que,no sabiendo el uno lo que piensa el otro, la escritura de uno y otro vayan encajando como encajan las piezas de un puzzle, que al final, dibujan un hermoso paisaje. Ese es el reto y el divertimento.¡¡¡suerte!!!

AQUÍ EMPEZAMOS

¡¡¡¡¡EMPEZAMOS!!!!!